Esta semana, desde el equipo de abogados del Centro Comunitario ALFA se obtuvo una nueva condena por violencia sexual en la infancia.
Esta vez resultó condenada una persona que ejercía como ministro religioso y quien, aprovechando la relación de confianza y estima de la gente de su congregación, cometió el delito de abuso sexual con acceso carnal en perjuicio de una niña a quien citaba a su domicilio a solas con la excusa de desarrollar estudios, contando con la total confianza de los familiares de la niña en razón del rol que el encausado ostentaba. Nadie imaginó lo que realmente venía sucediendo hasta que, luego de años, la niña recién pudo contar lo que venía atravesando, tras lo cual se iniciaron las denuncias pertinentes y se inició el proceso en el que desde ALFA representamos a la madre de la víctima en la querella.
El código penal establece como uno de los agravantes del delito de abuso sexual, el ser cometido por un ministro de un culto, reconocido o no. Es decir que, para la aplicación del agravante, no es necesario que el agresor pertenezca a una religión reconocida o que cuente con alguna certificación u ordenamiento oficial para el ejercicio de su ministerio. Ello porque la mayor gravedad de este tipo de casos reviste en la utilización de la confianza, prestigio y autoridad que tal posición proporciona, y el aprovechamiento de la influencia que dicho rol pude generar en la víctima y en su entorno, para perpetrar y silenciar el delito sexual.
Como sociedad debemos seguir generando espacios de escucha respetuosa y ámbitos de confianza para que las y los chicos que sufren algún tipo de violencia silenciada puedan hablar y no ser revictimizados. También necesitamos romper con los estereotipos que impregnan el imaginario social respecto al abuso sexual y los agresores, ya que es un delito que puede darse en cualquier tipo de contexto, aun en el menos pensado, entendiendo también que no hay un perfil psicológico o características de personalidad propias de un abusador, puesto que un agresor sexual puede enmascararse bajo cualquier apariencia e incluso gozar de buena reputación y estima en su familia, trabajo y comunidad.
Tampoco debemos caer en el engaño, que actualmente tiene gran difusión, de que las denuncias falsas por abuso sexual están a la orden del día o que sea una estrategia común para obtener otros fines. No solo, porque ello no es cierto (en la gran mayoría de los casos, los testimonios de las niñas, niños y adolescentes son verdaderos y logran ser corroborados con otros indicios y elementos probatorios en juicio), sino porque ello alimenta un imaginario que pone a las mismas víctimas como acusadas, sometiéndolas a nuevas prácticas revictimizantes.
También es bueno que se sepa lo mucho que le cuesta a una familia (donde muchas veces, como en este caso, es la madre sola quien lleva adelante la lucha) atravesar un proceso penal en casos de abuso sexual, con todas las oposiciones, asimetrías, descrédito, impotencia y demás formas de carga emocional que ello conlleva. La gente no suele someterse a procesos tan invasivos y dolorosos por falsas denuncias. Los que atravesaron y atraviesan estos procesos lo saben.





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