Por Sol Villena

El 8 de marzo no debería ser solo una conmemoración de los derechos conquistados por las mujeres, sino también una oportunidad para cuestionar las normas de género que estructuran la sociedad. Butler (2004) nos recuerda que el género no es algo esencial o fijo, sino una construcción social y performativa. Esto implica que la lucha de las Mujeres (Mujeres en su sentido más amplio, mujeres CIS, Lesbianas, Trans/travestis) no solo debe centrarse en el reconocimiento de derechos dentro del marco actual, sino en una transformación más profunda de las estructuras de poder que siguen imponiendo roles y exclusiones.
El Día de la Mujer, como sugiere Butler (2004) debe ser un momento de visibilización de todas las identidades que sufren opresión de género, incluyendo mujeres cis, mujeres trans y personas no binarias. Su enfoque nos lleva a pensar que las luchas deben ser interseccionales, considerando no solo el género sino también la clase, la raza y la sexualidad. Además, no debería ser visto únicamente como una celebración de logros, sino como un recordatorio de la violencia estructural que sigue existiendo. Para Segato (2016), la violencia contra las mujeres y las disidencias de género no es un problema individual, sino un mecanismo que sostiene el orden patriarcal. La autora advierte que muchos avances de la lucha de las Mujeres han sido absorbidos por el sistema neoliberal, convirtiéndose en logros individuales en lugar de verdaderas transformaciones colectivas. Desde su mirada, el Día de la Mujer debe ser una jornada de denuncia, especialmente de la violencia machista y del colonialismo que sigue oprimiendo a mujeres indígenas, afrodescendientes y de sectores populares.
Otro desafío de este 8M es enfatizar la importancia de visibilizar las desigualdades estructurales que persisten en la vida cotidiana de las mujeres. Ya que el patriarcado sigue moldeando la economía, la maternidad y el acceso a posiciones de poder (Freijo, 2020). Pensar y reflexionar en lo que respecta a la brecha salarial, la sobrecarga de tareas de cuidado y la violencia simbólica que sigue presente en los medios y en la cultura. El desafío que se nos presenta es poner en el centro las demandas de aquellas que todavía no pueden ejercer su autonomía plena, ya sea por la falta de recursos, por el mandato social de la maternidad o por la violencia de género.
Por último, el Día de la Mujer no debe ser reducido a una celebración vacía o comercial, sino que debe ser entendido como un día de lucha, reflexión y transformación. Cuestionar las normas de género y ser inclusivas con todas las identidades; Denunciar las violencias estructurales y no conformarnos con logros individuales, Aterrizar la lucha en las desigualdades concretas que afectan a las mujeres en su día a día.
El 8M, entonces, sigue siendo un espacio de resistencia que debe mantener su carácter crítico, interseccional y colectivo, con el objetivo de construir una sociedad más justa para todas, todos y todes.
Referencias:
Butler, J. (2004). Deshacer el género. Paidós.
Freijo, M. F. (2020). La (mala) Educadas. Planeta
Segato, R. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.




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