La explotación (y la autoexplotación) no dignifican.
La falta de empleo formal no es casualidad. Y el “emprendedurismo” no es una solución mágica: muchas veces funciona como el chivo expiatorio perfecto para que el Estado se desentienda y traslade la responsabilidad de la precarización a cada individuo.
El mensaje implícito es brutal: “si sos pobre, es porque querés.”
Pero, ¿qué pasa cuando no alcanza?
Cuando no llegás a fin de mes.
Cuando tenés que elegir entre ir a la universidad o dar de comer a tus hijxs.
Entre estudiar o poner un plato en la mesa.
Entre pagar tus viajes en colectivo o los de ellos.
Entre compartir tiempo con quienes querés o trabajar sin descanso para cubrir lo básico.
¿Qué pasa cuando la economía te empuja a priorizar la supervivencia por sobre los vínculos, por sobre la vida misma?
Entonces, ¿es realmente un “feliz día” para lxs trabajadorxs?
En una realidad que ajusta, que despide, que precariza y que abandona,
¿Hay algo para celebrar?
Para quienes aún tienen trabajo, ¿alcanza con eso para hablar de felicidad?
¿O también ahí se cuela la incertidumbre, el desgaste, el miedo?
Trabajar es un derecho.
Vivir dignamente, también.
No alcanza con discursos ni con soluciones individuales.
La salida no es en soledad: es colectiva.
Que este día no sea solo una fecha en el calendario.
Que sea un momento de reflexión, para quienes tienen trabajo y para quienes no.
Hoy más que nunca necesitamos activar la solidaridad y fortalecer los lazos entre compañerxs para organizarnos como comunidad.
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