Alvaro Arias
6 octubre, 2026
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Tras casi un mes de audiencias, la justicia penal de Salta condenó a 11 años de prisión a un hombre por los abusos sexuales cometidos contra sus hijas (menores de edad al momento de los hechos), y le impuso además el pago de una indemnización por los daños que causó. Asimismo, fue condenado por el incumplimiento de los deberes de asistencia familiar y quedó privado de la responsabilidad parental. Desde A.L.F.A. ejercimos la querella y la actoría civil en representación de las damnificadas.
Para resguardar la identidad de las víctimas, no mencionamos nombres, lugares ni datos que permitan reconocerlas. Nos ocupamos de otra cosa: de cómo se llegó a esa condena y de lo que este caso muestra sobre la forma en que se puede llegar a juzgar a quienes denuncian.
No era una causa sencilla, y no solo por la gravedad de los hechos. Los abusos ocurrieron puertas adentro, sin testigos presenciales, y las jóvenes pudieron hablar recién después de años de silencio.
Además, la causa llegó a juicio rodeada de un largo conflicto familiar y patrimonial entre los adultos: procesos civiles y de familia en paralelo y decenas de denuncias cruzadas, anteriores en años a las denuncias por abuso. El debate reunió a decenas de testigos de ambas partes y a pericias psicológicas, incluidas las del perito propuesto por la defensa.
Es el escenario más difícil para quien denuncia: un delito sin testigos, un relato que hay que sostener durante meses ante distintos profesionales y un contexto de conflicto que puede usarse para sembrar la duda.
La estrategia central de la defensa fue desplazar la discusión: de lo que le ocurrió a las hijas a quién era su madre. Durante todo el proceso persiguieron señalar a la madre de las víctimas como autora de un plan para quedarse con bienes en disputa, y que las jóvenes repetían un guion.
Es una estrategia conocida y recurrente el atacar y desacreditar a la madre de una víctima de abuso sexual, en este caso a través de la teoría del complot, con el objetivo central de desplazar el foco del acusado para instalar la idea de una falsa denuncia con el fin de poner en tela de juicio la versión de las victimas.
Al instalar la sospecha sobre la figura materna, las defensas de agresores sexuales suelen exigir pericias, psicodiagnósticos e informes ambientales sobre la progenitora con el fin de catalogarla como una «mujer desquiciada», inestable o mendaz,, empujando muchas veces a los juzgados a investigar exhaustivamente a la denunciante antes que al denunciado, generando dilaciones en el proceso y una intensa revictimización familiar.
Pero lo cierto es que, para que existiera semejante confabulación, la madre tendría que haber manipulado o puesto de acuerdo a testigos, psicólogos, trabajadores sociales y haber disciplinado de modo riguroso a sus hijas para que sostuvieran un falso relato ante diversas instancias con la revictimización que el mismo proceso judicial implica (lo cual no se acreditó ni de manera aproximada). Además, las estadísticas demuestran que las denuncias deliberadamente falsas en delitos sexuales representan una cifra ínfima (entre el 0,01% y el 4%).
A través del largo debate se lograron desbaratar una a una las tesis conspirativas sobre la madre de las victimas para minar la credibilidad de sus hijas, quedando de manifiesto que, mas allá de todo lo que dijeron, fue ella la única que les creyó y acompañó a sus hijas a lo largo de un tortuoso proceso.
Aun cuando la Corte Suprema y la Corte Interamericana de Derechos Humanos ya han dictado fallos que destacan que la palabra de la víctima es prueba fundamental en los delitos sexuales (justamente porque suelen cometerse sin testigos), y que las imprecisiones de un relato traumático no significan que sea falso, en la práctica la demonización y ataque a quienes denuncian sigue siendo una estrategia muy común en nuestros tribunales.
Porque no existe una única manera correcta de ser víctima y, por ello, los prejuicios y estereotipos deben ser siempre expuestos y combatidos.
Este caso muestra algo que conviene recordar: la decisión valiente de una víctima de violencia sexual de dar el paso de contar el sufrimiento que vivió, siempre tiene que ser respaldada. Es un camino difícil, pero que se puede atravesar si hay alguien que asume el compromiso de acompañar. Mientras más seamos los que acompañamos, ese tránsito tiene mas posibilidades de llegar a buen puerto.
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