Alvaro Arias
26 abril, 2026
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La serie “Adolescencia”, estrenada en Netflix en 2025, que relata los sucesos que giran en torno a al asesinato de una adolescente en un entorno escolar y que tiene como autor a un chico de 13 años, tuvo mucha repercusión en su momento porque, entre otras cosas, transmitió algunos mensajes muy interpelantes.
Uno de ellos era sugerir que un hecho luctuoso tan grave podría ocurrir en cualquier familia, incluso en una con buenos padres (trabajadores y afectuosos) que proveen un hogar contenedor.
Muestra también cómo, en una cultura de clase media en un país de primer mundo, puede suscitarse una brecha comunicacional tan notoria entre adolescentes y adultos, donde estos no logran tener la capacidad para percibir ni los códigos, ni la lógica, ni los sucesos que transcurren diariamente en ese mundo adolescente inserto en la virtualidad.
Pero, además, lanza el cuestionamiento sobre cómo una sociedad llega a permitir la naturalización de la agresión y la crueldad en el lenguaje cotidiano de las infancias y adolescencias, sumando a ello la banalización e indiferencia por el sufrimiento ajeno (todo amplificado y masificado por las redes, claro está), siendo este el sustrato en el cual germina una historia tan brutal como un asesinato adolescente.
Lamentablemente no se trata de una mera historia de ficción, sino que la misma evoca episodios que se han venido repitiendo cada vez mas en ámbitos adolescentes como los escolares, e incluso en nuestro país asistimos recientemente a una tragedia como la de San Cristobal (Santa Fé). Pero además venimos de ver, en diversos colegios del país, la proliferación de otros episodios que, sin terminar con desenlaces fatales, reflejaron ese mismo lenguaje de agresión naturalizado y banalizado (vg. la expresión de un reto en una comunidad virtual).
Frente a esta realidad, lo absurdo de todo esto han sido las respuestas del mundo adulto que venimos viendo, especialmente a través de las instituciones de Estado: un liso y llano punitivismo; es decir, responder a estos complejos entramados de violencia social y simbólica que atraviesan a muchos chicos con la mas palurda y miope mano dura, agregando un plus de brutalidad carente de entidad reparadora (lo que, por cierto, es un mensaje que la serie aludida retrató muy contundentemente al mostrar el durísimo procedimiento policial sobre un niño dejando ver una impronta innegablemente criminalizante del Estado).
Pero disciplinamiento no es lo mismo que disciplina. Esta última permite el desarrollo del potencial de los chicos, mientras que aquel solo alimenta la violencia social y es funcional a un sistema (individualista y capitalista) que, para sostenerse y reproducirse, necesita aplastar y compactar a los vulnerables cuando dejan de serle útiles y en vez de ello traen a la superficie las miserias que supuran de la alienación y deshumanización que el mismo sistema genera.
Bajo esta lógica, hoy tan promovida por el Estado y con tanta aquiescencia social, los mas vulnerables (como nuestras infancias y adolescencias, muy atravesadas por la pobreza en nuestro país) no solo son abandonados (porque ahora no basta con eso), sino que también tienen que ser criminalizados para que el sistema siga funcionando. Por ello la baja de edad de punibilidad y las medidas punitivas sin nada mas que ofrecer, por ello los recortes en discapacidad y en programas sociales, por eso la lógica de buscar culpables y demonizar en vez de buscar comprender.
Porque ponerse en el lugar del otro y extender presencia y comunidad es el camino largo que cada vez menos adultos quieren tomar (ni que hablar de los funcionarios).
Y, mientras todo esto pasa, le hecho de que la mitad de las niñas, niños y adolescentes del país vivan en condiciones de pobreza, demuestra que ellos no son la prioridad, ni del Estado ni de la sociedad. Por lo cual seríamos muy hipócritas si nos limitamos a quedarnos en un mero discurso de denuncia e indignación. Cada uno de nosotros, en el lugar que estamos, tenemos que asumir nuestra cuota de responsabilidad. Dejar los compromisos meramente discursivos con la niñez y los sentidos comunicados y comenzar a ser consecuentes con acciones, generando comunidad, espacios de escucha, familia o, sencillamente, presencia.
¿Creemos que las infancias representan lo mejor de nosotros? Que nuestro accionar cotidiano así lo evidencie.
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