
Por Pablo Banegas, estudiante universitario en contexto de encierro en la U.C. Nº 1 de Salta
Una jaula, un canario o como una paloma mensajera que lleva un poema
y vuelve a su triste encierro habitual.
Un canario encerrado en una jaula,
qué lo liberan,
él vuela por todo sentido sobre el cielo,
mareado en el aire de sentir como vuela contra el viento.
Un toque de libertad
pero regresa a su jaula habitual.
Su canto, su silbido, su baile de piruetas voladoras son poesías,
como la que lleva también esa triste paloma mensajera.
Así me identifique hoy,
después de más de medio año volví a la tierra.
El de sentir un día normal en tan solo dos horas del día.
Sin marrocas ni ruidos de rejas y candados saliendo de la tumba en la cual me encuentro.
El de volver a ver gente, animales, vehículos, avión.
Y como no olvidarme de verlo a cupido detrás de esas dos parejas trasmitiéndose amor al cruzar un semáforo.
O ver a los hippies bailando en ese parque, al deportista que corre alrededor de la una plaza.
Y como no olvidarme el hermoso canto de los pájaros que vuelan sobre el hermoso cielo. Sentir el aroma, el perfume de la libertad.
La combustión del colectivo que lleva chicos a las escuelas o padres laburantes volviendo a su hogar.
Esa sensación o esas ganas de volver de estar en libertad.
Pero solamente me queda volver a la casa de piedra.
La misma jaula habitual. Entrar al pabellón contento y alegre, corte renovado como ese canario que regresó a su triste hogar.
Lluvia de preguntas
¿Cómo está esa calle? ¿Qué viste? ¿Cómo te fue?
Contarles la experiencia o compartir un toque de alegría.
Sabiendo que en el carro de traslado venía un compañero del velorio de su hermana que se había suicidado por vivir el otro lado del infierno encantador del consumo o ser parte de la miseria del país.
Volver a mi realidad de golpe,
al escuchar el sonido de silbatos de los mismo celadores,
de un porrazo a mi realidad al ver esos dos pibes del pabellón lastimándose por un poco de comida.
Requisa, golpazo de chapones, ruido de rejas y candado,
de vuelta al cementerio.
Tratar de sentirme bien yendo a ese teléfono público
para transmitirle el bienestar que sentí en el día.
Dándole las buenas noches a esa señorita que hoy en dia me acompaña en mi proceso de detención.
El saludo a la mamá diciéndole lo mucho que la amo.
Y como no olvidarme de mi Reina, mi hija mandándole el beso de las buenas noches.
Cayó el encierro,
volver a la cama,
prender la radio,
un cigarro
y tomarme ese cóctel de rocklets psiquiátrico que solamente me hace conseguir el descansar de una noche fría y de un día menos.
Rezarle a san la mierda
dar un último suspiro exhalando pura maldad del ambiente que me rodea.
Se armó la ronda
se prendió ese verde y empezó a girar del teruco.
Hasta mañana me descuelgo del papel y la lapicera sabiendo que hay tanta injusticia en este lugar y que acá adentro se vive tan oscuro y sin salida.
Como siempre grite en el lugar del hecho delictivo
solamente diciendo nos fuimos,
nos fuimos,
me fui.




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